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“Memorial popular y ciudadano constituye una genuina expresión de sabiduría local” por Red Seca a Escombro Simbólico Alto Río.

red seca Escombro simbolicoPor Andrea Roca

Antropóloga Social. Candidata a Magíster en Sociología, Universidad de São Paulo
Gonzalo Cáceres
Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales, PUC-CEDEUS

por: http://www.redseca.cl/?p=4541

“Tiare y Esteban. Me lo imaginé y ahora estás aquí conmigo”

Conocemos el epígrafe porque sus autoras fueron sorprendidas mientras lo escribían sobre una escultura pública en Concepción. Era invierno y la superficie grafiteada correspondía al memorial dedicado a víctimas de violaciones a los Derechos Humanos. La obra, de piedra, fue realizada por la artista Sandra Santander. Al momento de su vandalización, junio del 2010, la escultura no figurativa completaba tres meses asentada en un parque adyacente a la ribera norte del río Bío-Bío. El memorial permanece en el mismo lugar, lo que cambiado es el debate sobre la representación del pasado dolorido en el espacio urbano penquista.

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Convengamos que desde hace muchas décadas que piezas de arte público están expuestas en lugares a los que es posible acceder las 24 horas del día. Aunque suelen gozar de protección legal, es relativamente habitual que los monumentos experimenten menoscabos deliberados. A veces son atacantes solitarios, en otras oportunidades el perjuicio es posible atribuirlo a un grupo o incluso a una multitud. Los memoriales no son una excepción, tampoco en Chile. Algunos acusan daños por causa de ataques espontáneos, pero, en otros casos, los deterioros se originan como resultado de acciones coordinadas. La lista de perjuicios es extensa e incluye: sustracciones, derribos, perforaciones, rasguños y abundantes sobre-escrituras.

Dado que no es infrecuente que una escultura pública sufra intervenciones, ¿a qué debemos atribuir el celo de la autoridad penquista por cursar una expeditiva reparación del memorial que homenajeaba a las víctimas del Terrorismo de Estado? Sin desatender su significancia, es importante recordar que durante el 2010, Concepción venía egresando de un ciclo de violencias de televisada notoriedad. Sin remilgos a sobre-interpretar, sostendremos que expurgar el rayado juvenil se convirtió en una tarea perentoria para las autoridades. Como la respetabilidad de la autoridad figuraba debilitada, era prioritario inducir un “indiscutible reconocimiento” entre los que debían obedecer (Arendt, 2012).

¿Tan solo otra incivilidad en el eje estatal de la memoria pública?

A casi tres años del episodio, el impulso grafitómano penquista no parece ceder cuando de memoriales se trata. Así lo corrobora la pintada realizada contra el memorial a las víctimas del terremoto y maremoto del 27 de Febrero del 2010.

Tan solo días después de inaugurado, el monumento conmemorativo fue mancillado por un grupo de damnificados de Chiguayante. Su animosidad se justificaba en el abuso que decían denunciar: se gastan dos mil millones de pesos en una escultura, cuando todavía hay personas viviendo en aldeas de emergencia.

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Pero, ¿qué debemos saber sobre el “blanco” de la agresión? Siguiendo la tradición estatalista consagrada a la erección de monumentos en Chile, el memorial fue responsabilidad de una Comisión Asesora Presidencial para las Conmemoraciones del Bicentenario. A diferencia de convocatorias similares con memoriales erigidos en Antuco o en Constitución, el proyecto no tenía, originalmente, una locación definida. Escoger su lugar se convirtió en una “disputa” entre localidades desigualmente afectadas y cuya importancia relativa también es dispar.

Pero, ¿donde se debía emplazar el memorial? Concepción, Dichato, Talca, Juan Fernández o Talcahuano abonaban suficientes razones como para ser elegidas. Conocedores del desenlace, ¿cómo debemos interpretar la determinación centralista de ubicarlo en la ribera norte, pero desacoplado de las esculturas que tan cuidadosamente se reunieron allí?

Los significados de un memorial: la interpretación presidencial

El interés por honrar a las víctimas de una catástrofe socio-natural apelando al arte de “escala territorial”, es un hecho relativamente inédito en Chile. Alojar junto a un borde fluvial un monumento de gran envergadura, es una idea que debutaba. El presidente Piñera, quizás por las dimensiones del proyecto, duplicó el sentido simbólico del memorial ribereño. Precisamente, en el discurso en que se inauguró el conjunto diseñado por el artista Fernando Feuereisen y los arquitectos Ricardo Balbontín y Juan Agustín Soza, el mandatario sostuvo que el conjunto monumental recordaba a las víctimas, pero también a los héroes anónimos.

Como era previsible, el presidente Piñera apeló a la imagen del chileno indomable capaz de levantarse de los escombros para salir adelante y ayudar a los otros: “[…] demostrando, una vez más, que las fuerzas de la naturaleza pueden derrumbar nuestros edificios, pero jamás han logrado derrumbar el espíritu y el temple de nuestro pueblo” (2012).

La relación entre lo telúrico y la identidad nacional, es una interacción tan antigua como tramitada por nuestros intelectuales. Sin ir muy lejos, Gabriela Mistral acrisoló el contrapunto, en el carácter estoico, heroico y trágico de los chilenos. Pedro Lobos hizo lo propio cuando pintó un mural en el hospital regional de Valdivia. Pese a su historicidad, creemos que el vínculo entre el “acontecer infausto” y el “ethos nacional”, admite nuevas interpretaciones. De hecho, la trayectoria contemporánea de la ciudad donde se inauguraba el memorial nacional a las víctimas del 27F, obliga a recualificar el análisis. En el caso del Concepción post terremoto, la sociedad local presenció rachas de solidaridad y muestras de resiliencia. Sin perjuicio de lo anterior, la memoria de la violencia colectiva tras el terremoto sigue reverberando. Creemos, por lo tanto, que el recuerdo de los multitudinarios saqueos del 2010 puede estar operando de muy diferentes maneras, incluso como un estigma. Aunque sabemos que también se registraron desvalijamientos contra establecimientos en otras localidades tanto de la región y del país, Concepción ejemplificaría, como ninguna otra ciudad, lo peor de la insolidaridad. En la opinión categórica de una cibernauta: la raza de los penquistas es la mala. Si bien resultaría funcional definir los saqueos como excepcionales y simplemente silenciar la memoria infausta del saqueo, no todos los penquistas parecen estar dispuestos a pasteurizar sus recuerdos.

Recordar la ruina: la centralidad de un escombro subversivo

Por iniciativa de Proyecta Memoria y Fundación Alto Río, un “escombro simbólico” del edificio homónimo, fue alojado a un costado de la plaza de los Tribunales de Justicia.

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La discusión sobre el memorial cobró cierta amplitud cuando radio Bío-Bío reporteó su uso cotidiano. Basura incrustada en su “interior” y un signo de interrogación estampado sobre uno de sus “costados”, completaron una descripción suficiente como para que sus patrocinadores (sobre) reaccionaran anunciando su relocalización en un lugar donde sea “apreciado con respeto”.

El memorial, que algunos malentendieron como un “insulto de los penquistas a las víctimas del edificio”, suscita opiniones encontradas. ¿Acaso no es esa una de sus virtudes?

Forzados a caracterizarlo, creemos que su eficacia política reposa en su radicalidad ruinosa. Provisto de una aguda autenticidad, el memorial es mucho más que un amasijo de materiales inertes. Irregular por fragmentario, su crudeza sugiere una amputación y una denuncia. Pero, ¿contra quién?

De acuerdo a la interpretación que hemos desarrollado,  el “memorial popular y ciudadano” al 27F, pareciera desplegar varias críticas. En lo principal, nos recuerda la vulnerabilidad de la técnica. En una zona donde la sismicidad es historia y memoria, no viene mal el recordatorio. En segundo lugar, la requisitoria acusa cierta forma de impudicia inmobiliaria. ¿Acaso no es una ironía que las enfierraduras hayan cedido, con una siderúrgica tan importante instalada en pleno Talcahuano? Finalmente, la misma localización del memorial pareciera forzar un cuestionamiento a los tribunales de justicia. Es bastante probable, pero puestos a cerrar el argumento, más importante nos parece el interés por salpicar el eje cívico de la ciudad con intervenciones decididamente interrogativas.

A nuestro juicio, el memorial popular y ciudadano constituye una genuina expresión de sabiduría local. Como casi siempre cuando lo popular entra en juego, valorizamos su irreverencia que compite con la monumentalidad impuesta en la ribera del Bío-Bío.  Su polémica presencia, pareciera precipitar una pregunta clave. ¿Cuál debiera ser la gestión espacial de la memoria pública en Concepción? Encarar la interrogante, con seguridad, permitirá rediscutir las paradojas de la ruina. Con seguridad, el escombro estacionado en la Plaza de los Tribunales de Justicia contribuye a dicho debate.

*Los autores agradecen a Carolina Aguilera ideas e informaciones que hicieron posible el cierre del presente artículo.

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